GRUPO1 A MODO DE PARABOLAS

Aqui puedes ver:

1  De quién es la culpa ¿de Dios o de los hombres?
2  ¿Se puede creer en los curas?
3  El filósofo y el dentista
4  ¿Creó Dios el mal?
5  Entender a Dios
6  El rico y el inválido
7  La herencia del padre
8  El sabio y el pastor
9  Democracia sí... pero sin pasarse
10  Las mayorías siempre tienen razón menos cuando no la tienen

¿DE QUIEN ES LA CULPA,  DE DIOS O DE LOS HOMBRES?
  En un país lejano vivían cien familias. Cincuenta vivían en Norte , eran ricas y tenían  toda clase de bienes. La otras cincuenta vivían en el Sur, y carecían de hasta de lo necesario para vivir. Un día la televisión del Norte  emitió un reportaje sobre cómo  era la vida de una familia en el Sur, y aparecían unos padres y unos hijos famélicos que daba lástima verlos. Al ver el reportaje un padre comentó con su hijo: ¿Cómo puede Dios consentir estas cosas?  Si existiera un Dios bueno, justo y poderoso no existirían estas cosas, pero puesto que existen es que no existe Dios. Y padre e hijo siguieron viviendo  su buena vida.
Otro padre al ver el reportaje comentó con su hijo: No hay derecho a esto. ¿Pero tu y yo qué podemos  hacer ante tanta hambre?   Aunque diéramos todo lo que tenemos no podríamos sacar a toda esta gente de tanta miseria. Y siguieron viviendo su buena vida.
Finalmente otro padre al ver el reportaje de la tele dijo a su hijo: Vete al Sur, infórmate  de quien esa familia que pasa tanta hambre y ayudémosla en lo que podamos. El hijo fue al Sur buscó a la familia, compartieron con ella sus bienes, y desde entonces en Sur ya sólo hubo 49 familias pobres. Si cada vecino del Norte hubiera ayudado a un sólo vecino del Sur hubiera desaparecido la pobreza en dicho país sin necesidad de que Dios interviniera.
Reflexión: Cuando un hermano tiene hambre él tiene un problema material, y nosotros tenemos un problema moral. Si nosotros solucionamos nuestro problema moral ayudándole podremos haber solucionado el problema de los dos; si él soluciona el suyo sin nuestra ayuda, nuestro problema (la obligación moral de ayudarle cuando necesitaba nuestra ayuda)  habrá quedado si solucionar. 

SE PUEDE CREER EN LOS CURAS?

Había una vez un rico que tenía un administrador y varios criados que labraban sus campos. Una noche llamó al administrador y le dijo: Toma papel y pluma y escribe: “El señor sale de viaje en busca de buenas semillas para sembrar sus tierras. Preparad los campos para que pueda sembrarlos cuando vuelva”. Escrito esto por el administrador lo firmó el señor, y le dijo que comunicara a todos los criados su orden
mientras que él partió en busca de las semillas.
Al día siguiente el administrador comunicó a los criados la orden del amo, pero algunos no lo creyeron. Si el amo quiere que trabajemos el campo –decían- ¿por qué no nos lo comunica
directamente a nosotros? El administrador les enseñaba una y otra vez el escrito con la firma del amo, pero los criados seguían sin darle crédito. Eso está escrito por ti, replicaban, no
está escrito por el amo. Tu habrás falsificado su firma para hacernos trabajar. Finalmente los criados deliberaron entre ellos y unos decidieron dar crédito al escrito presentado por el
administrador y prepararon sus campos, mientras que otros siguieron sin darle crédito y no hicieron nada.
Pasado el tiempo regresó el señor con las semillas, y al ver que había campos sin labrar pidió cuentas al administrador, y este  le contó lo que había sucedido.
El Señor, enojado, llamó a los criados y les pidió explicaciones a los que no habían preparado el campo. Estos se disculparon
diciendo: Señor, nada nos dijiste a nosotros, y conociendo que tu administrador a veces no obra bien no lo hemos creído, y por eso no hemos preparado los campos, pero ahora iremos y los prepararemos. No, dijo el dueño de los campos: vuestro tiempo
ha pasado. Sois unos siervos malvados. Sabéis que a pesar de sus debilidades yo confío en el administrador, y si yo confío en él ¿por qué vosotros lo juzgáis indigno de vuestra confianza? Quedáis despedidos.
Y dirigiéndose a los que habían confiado en el administrador les dijo: Vosotros id a cobrar vuestra merecida recompensa.
En la Iglesia los sacerdotes son los administradores que el Señor ha puesto para transmitirnos sus enseñanzas. Creerlos o rechazarlos es libertad nuestra. Premiar o castigar nuestros comportamientos es cosa del Señor.


3.- EL FILÓSOFO Y EL DENTISTA

 Había una vez un filósofo que discutía frecuentemente sobre la fe con su amigo creyente, que era dentista. Sostenía el filósofo que creer en cosas cuya existencia no puede ser demostrada por
la ciencia  es propio de ignorantes. Según él solo debemos creer lo evidente y lo que la ciencia pueda probar que es cierto.
Para este filósofo las creencias religiosas son lógicamente insostenibles, y deben abandonarse en estos tiempos del conocimiento.
Una mañana temprano este filosofo se presentó en la consulta de su amigo dentista en busca de remedio para su fuerte dolor
de muelas.
El amigo dentista le pregunta: ¿qué te pasa? Que no aguanto este dolor de muelas, responde su amigo. El dentista examina su boca y dice: Pues no veo nada anormal, todas las muelas parece que están bien.
Sí, pero a mi me duele mucho ésta, insistió el paciente señalando la causante del dolor. El dentista la mira y repite:
Pues yo la veo igual que las otras, aquí no se ve ningún dolor. Haremos una placa a ver que dice la ciencia. Hecha la radiografía, sigue repitiendo lo mismo, y cada vez con más sorna.
¿Pero es que no me crees, grita malhumorado el sufriente paciente. Pues verás, contesta su amigo: tu me has enseñado
que solo debo creer lo evidente, y lo que la ciencia puede probar que es cierto, y aquí tu dolor ni es evidente para mi, ni lo veo a través de la ciencia.
A veces creer está mas cerca de la verdad que apelar a demostraciones científicas.   

4- ¿CREÓ DIOS EL MAL?

Una vez un profesor de universidad estaba empeñado en convencer a sus alumnos de que Dios no existía y preguntó a
los de la clase: ¿Vosotros creéis que vuestro Dios ha creado todo lo que existe? Estos contestaron afirmativamente: Sí,
creemos que Dios es el creador de todo lo que existe.
Entonces el profesor muy ufano replicó: Pues estáis creyendo en un Dios malvado, porque la maldad existe, y según vosotros es vuestro Dios quien la ha creado.
Entonces un alumno se levantó y preguntó al profesor: ¿Vd. cree que el frío y la oscuridad existen? A la vista están, replicó el profesor: Eso es evidente. Pues está equivocado, replicó el
alumno. El frío es ausencia de calor, y la oscuridad ausencia de luz. Y de la misma manera la maldad tampoco existe, lo que
existe es ausencia bondad. Dios creó la bondad.
Frío, oscuridad, o maldad, como tantos otros vocablos, sólo son palabras que hemos creado los hombres para entendernos, pero
no son realidades creadas por Dios.
El mal no es una creación de Dios. Es la ausencia del bien que Dios creó. El bien es Dios, que es amor, y el mal es la ausencia
de la presencia de ese bien

          

5.- ENTENDER A DIOS

Una vez había un señor ateo que tenía un hijo pequeño. Un día este hijo se le escapó al padre y se fue a la catequesis que impartía el cura del lugar a sus  amigos. Al enterarse el padre
corrió a buscarlo, porque no quería que recibiera enseñanza religiosa alguna, y menos del cura que anunciaba un Dios cuya
existencia nadie ha podido demostrar y, además, siempre según el ateo, es un Dios injusto, tirano, y contrario a la razón humana. No me explico, decía el ateo dirigiéndose al cura,
como hombres con estudios como Vd. pueden defender la existencia de un Dios que ninguna persona inteligente puede
comprender.
Entonces el cura, viendo que el hijo se rebelaba contra su padre y no quería salir de la catequesis pregunta al ateo: ¿Si su hijo no quiere irse con Vd. ¿por qué lo fuerza a marcharse?
Mi hijo es pequeño y todavía no entiende a los mayores, dijo el padre. Cuando sea mayor y tenga más conocimiento se dará por agradecido al comprender lo que estoy haciendo por él. Tienes razón, dijo el cura. ¿Pero si eres capaz de entender que tu hijo no pueda comprenderte porque tiene menos
conocimientos que tu, ¿cómo no puedes entender que nunca  podrás  comprender a un Dios que tiene unos conocimientos infinitamente superiores a los tuyos?

 
6.- EL RICO Y EL INVÁLIDO

Había una vez un joven rico que lo era no por su abolengo sino por su trabajo y buen hacer. Un día decidió hacer ejercicios espirituales para aclarar sus ideas. Allí  conoció a un inválido postrado en una silla de ruedas a causa de los ataques de polio
sufridos en su niñez. Este no era rico en dinero pero sí en felicidad, porque había aprendido a apreciar lo mucho bueno que tenía: su trato era amable y esto hacía que tuviera muchos amigos, y además tenía un sentido común fuera de lo común, por lo que muchos acudían a él para  pedirle consejo. 
El rico se fijó en él y le ofreció un puesto en una de sus empresas. Al principio los dos vivían felices, pero pasado algún tiempo el dueño del negocio empezó a envidiar la felicidad que veía en su empleado, mientras que éste envidiaba la vida de su Jefe moviéndose activamente de un lugar a otro. Esto hizo que al Jefe se le hicieran insoportables sus continuos viajes y las dificultades propias del negocio, mientras que para su empleado resultaba inaguantable su silla de ruedas.
El destino, o quien fuera, hizo que cambiara la suerte de los dos. El rico quedó parapléjico debido a un accidente de coche y el  tullido de la silla de ruedas se curó no sabemos cómo, y se hizo cargo de los negocios de su Jefe.
El jefe ahora no soportaba su invalidez y renegaba del momento del accidente, y al nuevo Jefe le mareaba tanto viaje
y no le dejaban dormir las preocupaciones del negocio. Los dos añoraban ahora sus puestos anteriores.
Con el tiempo los dos terminaron adaptándose a sus nuevas situaciones y volvieron a ser felices, comprendiendo que la
felicidad viene de valorar lo que se tiene y la infelicidad de desear lo que no se tiene.

 
7.- LA HERENCIA DEL PADRE

 Un padre tenía tres hijos. El primero le habló así: Padre, quiero separarme de ti y salir de casa para conocer el mundo. El padre
le dijo: Hijo, yo conozco el mundo y se que si te separas de mí vas a pasar hambre y a sufrir mucho. Bueno, respondió el hijo:
eso es lo que tu crees, pero yo no estoy de acuerdo. Ante la insistencia del hijo, el Padre, respetando su libertad, y con gran
dolor de su corazón, le dio provisiones y algunos consejos para el viaje y lo dejó partir.
Tras la marcha de este hijo, el segundo hizo lo mismo, y el padre se comportó con éste como con el primero.
Finalmente quedaba el tercero de los hijos, pero este decidió quedarse con el padre y vivir bien junto a él porque allí tenía
todo lo que quería.
Pasado algún tiempo el hijo que se marchó primero volvió arrepentido y pidió al padre quedarse con él,  prometiendo a
cambio trabajar para pagar lo gastado y aumentar la hacienda común. Y así lo hizo.
Cuando el padre sintió cercana su muerte llamó a los tres hijos y les dijo: quiero repartir la herencia proporcionalmente a vuestro esfuerzo por aumentarla. Y dirigiéndose al que había abandonado la casa y no había vuelto le preguntó: ¿Tu en cuanto crees que la has incrementado? Padre, respondió el hijo, tu sabes que yo he estado todo el tiempo fuera de casa. Bien dijo el padre. Puesto que tu te alejaste voluntariamente de mí, yo me alejo ahora de ti. Dispongo que nada de mi herencia vaya para ti. Llamó después al que se había quedado todo el tiempo con él y le habló así: Tú has permanecido todo el tiempo conmigo, pero siempre has vivido pensando solo en ti y pocas veces te has preocupado por aumentar la herencia a pesar de las muchas oportunidades que has tenido. No puedo negar que algo has hecho, así es que coge una pequeña parte de mis bienes y disfruta de ellos.
Por último llamó al hijo que se marchó primero, pero que volvió arrepentido y le dijo: Tú, que eres el que más has
trabajado por aumentar la herencia disfruta ahora de la mayor parte de ella, porque a ti te corresponde más que a nadie.
En la Iglesia hay una herencia común que se disfrutará en el reino de los cielos. ¿Repartirá Dios esta herencia como el padre la  parábola?


8.- EL SABIO Y EL PASTOR

 Un científico salió a dar un paseo al campo. En el camino se encontró a un pastor que caminaba hacia su majada. Iban
charlando amigablemente cuando un coche paró ante a ellos y fueron secuestrados y llevados a un habitáculo aislado del mundo exterior, donde no entraba luz alguna. Una triste
lámpara alumbraba día y noche sin que pudiera percibirse cuando era de día y cuando de noche.
Pasado algún tiempo el pastor y el científico se enzarzaron en una discusión sobre si fuera era de día o de noche. El pastor
sostenía que era de día, y el científico que no había forma de saber si fuera era de día o de noche puesto que allí nunca entraba luz alguna del exterior.
El pastor razonaba así: La primera comida que nos suministraron fue el desayuno; cada vez que nos suministran una comida yo hago una raya en la pared con el pincho de mi cinturón. Tengo hechas noventa rayas mas una, luego nos han traído la comida de treinta días y el desayuno del día 31, luego fuera tiene que ser de día. Sí, replicaba el científico, pero tu
prueba no es fiable, porque no puedes probar que hayas apuntado todas las comidas. Si te has olvidado de apuntar
alguna, o has apuntado alguna de más, tu cuenta falla.
En esta discusión estaban cuando entró el carcelero con una nueva comida, y el pastor preguntó a éste: ¿Fuera es de día o de noche?. Es de día, dijo el carcelero sin más explicaciones, y se
fue. ¿Ves?, dijo muy ufano el pastor; tengo razón al afirmar que fuera es de día. Pero la discusión siguió, porque ahora el
científico decía que aunque el carcelero había dicho que era de día tampoco había probado que lo fuera.
Estando en esta discusión volvió a entrar el carcelero y le anunció que tenía orden del director de liberar a los que acertaran si fuera era de día o de noche. El pastor, considerando
que había razones suficientes para creer que era de día no lo


dudó un instante y apostó porque era de día, mientras que el científico seguía repitiendo que él no apostaba  por nada,
porque no había pruebas fundadas en un sentido o en otro. Entonces el carcelero, cumpliendo la orden del director, liberó
al pastor y dejó encerrado al científico esperando a que su ciencia descubriese la verdad sobre si más allá de aquellos
muros había luz u oscuridad.   
A muchos les pasa lo que a este científico, que presumiendo de ciencia rechazan lo razonable y se quedan con su ignorancia.

9.- DEMOCRACIA SÍ... PERO SIN PASARSE

 Había una vez un pueblecito cuyo nombre no hace al caso para esta historia. Dicho pueblo estaba gobernado por un alcalde
austero y exigente y los del pueblo protestaban contra él porque decían que no era democrático. 
El jefe de la oposición vio su oportunidad de hacerse con el poder y en nombre de la democracia levantó al pueblo contra el
alcalde, prometiendo consultar todas las cosas con el pueblo soberano.
El alcalde austero y exigente fue obligado a dimitir por el pueblo soberano, y en su lugar eligieron democráticamente al
progresista.
La primera actuación del nuevo alcalde fue preguntar al pueblo si quería que rebajase los impuesto, y el pueblo,
democráticamente y por mayoría absolutísima votó que sí, gritando a pleno pulmón: ¡Viva la democracia! .
Pasado algún tiempo volvió a preguntarles si querían que hiciera piscinas y un polideportivo con juegos modernos para
que se divirtieran, y el pueblo, democráticamente y por mayoría absolutísima, dijo que sí, y volvió a gritar loco de contento ¡Viva la democracia!

No habían pasado muchos meses cuando el alcalde sometió a la voluntad del pueblo una nueva propuesta, preguntándoles si deseaban que aumentase los festejos en las fiestas del pueblo, y otra vez el pueblo siguió votando que sí.
El pueblo estaba loco de contento con su nuevo alcalde por su excelente política social, Ningún alcalde anterior había
conseguido aumentar tanto el bienestar social del pueblo en tan poco tiempo. Y el alcalde, muy ufano, presumía de esto ante sus vecinos.
En este plan vivían felices y contentos, hasta que llegó un fin de mes y el alcalde no tenía dinero para pagar a sus
funcionarios, y las facturas por los gastos hechos empezaron a acumularse en sus cajones. Pero no hubo problema: El buen alcalde fue al banco, pidió un préstamo y todo solucionado, Y
así un mes tras otros, hasta que el banco se negó a concederle más crédito.
Entonces el alcalde llamó al pueblo, le explicó la mala situación económica y les propuso aumentar los impuestos y rebajar los sueldos para solucionar el problema, pero el pueblo, democráticamente, por mayoría absolutísima, y sin cantar viva la democracia, votó que no aceptaba la propuesta del alcalde.
¿Y que pasó? Pues que  sin consultar al Alcalde ni al pueblo soberano llegó la justicia, embargó los bienes del Ayuntamiento, y nombró una Comisión Gestora que se encargase de poner orden en tanto desgobierno.
Viva la democracia, sí, pero cuidado con tanto demócrata que confunde la libertad y el orden con el libertinaje y el des-
gobierno.

10.- LAS MAYORÍAS SIEMPRE TIENEN RAZON...  MENOS CUANDO NO LA TIENEN

Había una vez un convento de monjes que según sus reglas sólo podían comer carne cuando el Abad lo autorizase. Un buen día el cocinero recibió el regalo de unos buenos filetes de ternera y preguntó al abad si podía servirlos en la comida, pero el éste no lo autorizó. El cocinero, haciendo caso omiso al superior sirvió la carne en la comida con el contento de toda la
comunidad, y el Abad, al ver que le había desobedecido el cocinero lo llamó y le impuso un fuerte castigo delante de todos, a lo que el cocinero replicó: Lo siento padre Abad, pero su castigo es injusto, porque la culpa de haber faltado a las reglas no es mía, sino de su paternidad. ¿Mía?, dijo el Abad sorprendido.
Sí, de su Reverencia, insistió el cocinero. Si su Reverencia  me hubiera autorizado a poner la carne yo, haciendo lo que he hecho, no habría faltado a las reglas, luego el mal no está en lo
que yo hecho, está en lo que ha hecho su Reverencia al negarme el permiso para poner la carne.
La discusión se prolongó y el Abad decidió expulsarlo de la orden. Entonces el cocinero, haciendo uso de lo que establecían
las reglas del convento, pidió que se sometiera a votación de toda la comunidad cual de los dos era el culpable.
Y tras la votación secreta, como mandan sus reglas, la sabia mayoría agradecida al cocinero que había llenado sus
estómagos con la sabrosa carne, decidió que el Abad era el culpable de que el cocinero hubiera faltado a las reglas del
convento.

Y sí, las mayorías siempre tienen razón... menos cuando la tienen, que desgraciadamente ocurre en muchas ocasiones debido a los estómagos agradecidos.

Volver a pagina principal

Volver a indice reflexiones